En los últimos años, el mundo del turismo y su industria está ocupando una de las primeras plazas en lo que a ingresos se refiere en las políticas nacionales, por eso no es de extrañar que vayan surgiendo iniciativas de diverso tipo, que enfocan al cliente hacia uno u otro tipo de  destinos, lo que se llama “nicho de mercado”,  en función del calor o del frío, de la cultura o del deporte, de la historia o de las playas etc… y luego hay una variedad de propuestas más específicas para grupos reducidos, aunque cada vez más en aumento, en las que los viajeros se van de vacaciones para visitar exposiciones, atender un taller determinado, asistir a eventos deportivos o también, entre otras, visitar jardines. Y es que

en el mundo de los jardines, la oferta es muy amplia y variada. Y aunque a mí personalmente me encantan los jardines, las plantas y las flores… si es además un jardín zen donde la paz y el sosiego se puedan respirar al ritmo del discurrir del agua u observando los surcos del rastrillo sobre la arena… ese jardín es sin duda un destino favorito.

Y son pocos lugares en el mundo donde los jardines zen tengan tanto protagonismo y sean parte esencial de la cultura como en Japón. Fueron creados hace siglos como fruto de la corriente Sintoísta que imperaba en el país y que centraba el culto a los antepasados y la armonía con la naturaleza, con la intención de que fueran espacios destinados a la contemplación y la meditación. Hoy día siguen siendo remansos de paz, aunque algunos sean invadidos por grupos de turistas con prisas por hacer la primera foto, más que por sentarse a contemplar en silencio el espacio que les rodea.

Estos preciosos lugares surgen de los rincones más inesperados y no hace falta irse a las afueras o a lo alto de un monte para encontrarlos; muchos se esconden en las ciudades más impresionantes como Kyoto, Tokyo u Osaka.

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