Y continuando con esos lugares que ejercen cierto poder sobre nuestro estado de ánimo, descubrí uno de manera inesperada… en el que con gusto me hubiera quedado más tiempo. Un lugar en el que no hacer, sino estar; en el que no pensar, sino sentir; en el que no planificar, sino dejarse llevar…

Trujillo en la provincia de  Cáceres, aunque pequeño, bien merece una parada para descubrir sus calles, su historia, sus monumentos… y a quien le apetezca un espacio de calma, reposar en El Mirador de las Monjas, arriba en la  colina, cerca del viejo castillo y casi rodeado de sus murallas.

Bajo el calor del día, allí te abrazan las higueras y te acogen las sombras frescas de sus hojas, brindándote el aroma de un apacible descanso frente a la seca llanura allí abajo a lo lejos. Además, cuenta el emplazamiento también con cómodas y modernas habitaciones donde pasar la noche, al silencio y resguardo de los siglos de historia que empapan las gruesas piedras de sus muros.

Pregunté si allí había habido algún convento de mojas, a juzgar por el nombre, pero me dijeron que no, que algo más abajo… así que quise suponer e inventar que antaño alguna buena monjita acudía a aquel escondido jardín para permanecer en paz con el mundo contemplando los inmensos campos ante sí…. y así, desde entonces, permanece de alguna forma la quietud que envuelve aquel lugar y al que lo  visita … apaciblemente, en una tarde de verano.

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